Cuando una institución pública organiza una competencia académica que pretende resaltar la excelencia escolar, se espera un estándar mínimo de seriedad, planificación y respeto hacia quienes representan el esfuerzo educativo de toda una región. Sin embargo, lo ocurrido el pasado 23 de octubre, durante la final del concurso de conocimientos Los que Más Saben: Edición Bicentenario, deja serias dudas sobre cuánto valor le otorgamos realmente a la formación y al mérito estudiantil.
Huancayo fue sede de la etapa final, organizada por la Gerencia de Desarrollo Social del Gobierno Regional de Junín, con apoyo de algunas entidades privadas. Y aunque la convocatoria y la intención eran loables, la ejecución fue, sencillamente, deficiente. No se trató solo de detalles menores, sino de condiciones que afectaron la experiencia, la concentración y hasta la equidad entre los participantes.
Para empezar, el ambiente elegido para la final distaba de ser el adecuado. La distribución del espacio no privilegió por nada del mundo a los estudiantes en competencia, que obviamente eran el centro del evento. Las mesas colocadas de manera improvisada no contaban con equipos básicos como micrófonos individuales, por lo que una asistente debía correr entre mesa y mesa sosteniendo un único micrófono. Los alumnos, que debían estar concentrados en sus respuestas, terminaban pendientes de la logística, algo que en una competencia de alto nivel simplemente es inaceptable.
La moderadora, ubicada en un atril al centro de las mesas, bloqueaba la vista entre los equipos. Uno de los equipos, por suerte podía ver el ecran con facilidad, mientras que el otro debía mirar casi de reojo para leer las preguntas. A esto se suma un personaje -ubicado al lado de la moderadora- encargado de proyectar las preguntas desde una laptop y con ayuda de un celular cronometrar el tiempo con un micrófono sobre una mesa con cables cruzados por todos lados. Una puesta en escena poco seria, visualmente un desastre.
El jurado, por su parte, le respiraba en la nuca a los competidores, rodeado del público que comía y conversaba detrás. Un ambiente ruidoso, desordenado y visualmente caótico. Si la idea era fomentar conocimiento, lo que se transmitió fue improvisación.
Este concurso merece continuar, porque la región necesita reconocer a sus mejores estudiantes. Pero debe hacerse bien. La solución es sencilla, delegar la organización a un ente especializado, asignar presupuesto adecuado y entender que la educación merece respeto. No basta con instalar un ecran y un par de micrófonos. La excelencia se construye también desde la forma en que reconocemos a quienes la representan. A propósito. ¿Alguna autoridad asistió para reconocer a los ganadores? No.











